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Descubre las delicias del mercado de Medellín en CDMX

Hay lugares en la Ciudad de México donde basta cruzar una puerta para cambiar de país varias veces en menos de una hora. El Mercado de Medellín, en la colonia Roma Sur, es uno de ellos.

Por fuera parece un mercado público más de la CDMX. Tiene puestos de frutas, carnicerías, flores, verduras, abarrotes y comida preparada. Nada demasiado extraordinario a primera vista. Uno entra, camina unos metros y la cosa cambia.

Aparecen productos colombianos. Luego venezolanos. Más allá hay ingredientes cubanos, botellas de ron, harinas para preparar arepas, plátanos, yuca, dulces, cafés, salsas y alimentos cuyos empaques quizá resulten familiares para alguien que creció en Caracas, Bogotá o La Habana, pero completamente nuevos para un visitante mexicano.

El nombre oficial del lugar es Mercado Melchor Ocampo, aunque prácticamente todo mundo lo conoce como Mercado de Medellín por encontrarse sobre la calle del mismo nombre. Está en la alcaldía Cuauhtémoc y forma parte de esa red de mercados públicos que durante décadas ha alimentado a los barrios de la capital.

Sólo que éste terminó adoptando otra personalidad.

Hoy es uno de los lugares más interesantes de la ciudad para buscar comida latina, ingredientes difíciles de encontrar y pequeños fragmentos gastronómicos de distintos países del continente.

No pretende ser un museo de Latinoamérica.

Mucho mejor: sigue siendo un mercado.

¿Por qué el Mercado de Medellín tiene tantos productos latinoamericanos?

La respuesta tiene que ver con el propio carácter migratorio de la Ciudad de México.

A lo largo del siglo XX y de las primeras décadas del XXI, la capital recibió comunidades provenientes de distintos países de América Latina. Cubanos, colombianos, argentinos, venezolanos, chilenos, peruanos y centroamericanos fueron haciendo de la ciudad un lugar de residencia temporal o permanente por razones políticas, laborales, familiares, académicas y económicas.

La Roma y las colonias vecinas han sido durante años parte de ese mapa multicultural.

Los mercados hacen algo curioso cuando llegan nuevos habitantes: se adaptan.

No lo hacen mediante grandes declaraciones sobre diversidad. Simplemente alguien comienza a preguntar por un ingrediente.

¿Tienen harina de maíz para arepas?

¿Dónde consigo malta?

¿Hay yuca?

¿Venden plátano macho?

¿Algún lugar tiene café colombiano?

Primero aparece una pequeña demanda. Después un comerciante descubre que puede abastecerla. Más adelante llega otro producto. Y otro. Por eso te vas a encontrar una variedad de platillos emblemáticos de México y de otras partes de latinoamérica.

Así un mercado construido para atender a un barrio termina convirtiéndose, sin demasiada ceremonia, en una pequeña despensa continental.

puestos del mercado

La sección de frutas es casi una clase de geografía

Uno de los mejores lugares para comenzar el recorrido es donde están las frutas.

No porque todo lo que se vende sea exótico —palabra bastante peligrosa cuando hablamos de alimentos que para millones de personas son completamente cotidianos—, sino porque permite entender hasta qué punto América Latina comparte ingredientes y al mismo tiempo los utiliza de maneras distintas.

Hay plátanos, cocos, mangos, aguacates y productos tropicales que un mexicano reconoce inmediatamente.

Luego aparecen otros menos habituales en los supermercados convencionales de la capital, dependiendo de la temporada y del abastecimiento.

La yuca es un buen ejemplo.

En México existe y se consume, pero no ocupa el lugar cotidiano que tiene en países del Caribe y Sudamérica. En Colombia, Cuba, República Dominicana y Venezuela puede formar parte de desayunos, acompañamientos, frituras y guisos.

Lo mismo sucede con ciertas variedades de plátano.

Aquí uno empieza a comprender que los ingredientes viajan mejor que las fronteras.

Un tubérculo cambia de nombre.

Una fruta cambia de receta.

Y una cosa que en un país se sirve con carne puede convertirse, unos kilómetros más al sur, en desayuno o postre.

Arepas sin necesidad de tomar un avión

Pocas comidas representan mejor el intercambio gastronómico del Mercado de Medellín que la arepa.

Venezuela y Colombia mantienen desde hace mucho una discusión amistosa —y a veces no tan amistosa— sobre sus distintas tradiciones alrededor de este alimento de maíz.

La realidad es que ambas cocinas desarrollaron una enorme diversidad de arepas.

Hay diferencias en masa, grosor, rellenos, acompañamientos y formas de cocción.

En Venezuela son famosas preparaciones rellenas como la reina pepiada, tradicionalmente elaborada con pollo y aguacate, mientras que en Colombia existen arepas muy distintas según la región: paisas, boyacenses, de choclo, con queso y muchas otras.

En el mercado se pueden encontrar ingredientes utilizados para prepararlas y, según el establecimiento y el momento de la visita, comida preparada de inspiración colombiana o venezolana.

La harina de maíz precocida es uno de los productos que más fácilmente identifica quien conoce estas cocinas.

Para un mexicano acostumbrado a tortillas, gorditas y sopes, observar otra manera de trabajar el maíz resulta fascinante.

El ingrediente es familiar.

La lógica es distinta.

Como encontrarse con un primo lejano que tiene la misma nariz que la familia, pero cuenta historias completamente diferentes.

Colombia aparece en botellas, bolsas y dulces

La presencia colombiana es una de las más visibles dentro del mercado.

Puede encontrarse café, dulces, harinas, bebidas y productos envasados asociados con el consumo cotidiano colombiano.

Entre las bebidas llama especialmente la atención la malta, un refresco oscuro elaborado a base de cebada malteada muy popular en diferentes países del Caribe y Sudamérica.

Quien nunca la ha probado quizá espere algo parecido a una cerveza.

No.

Es dulce, sin el perfil alcohólico de una cerveza convencional y con un sabor tostado bastante particular.

También pueden aparecer refrescos y productos importados cuya simple presencia provoca una reacción que resulta divertida de observar: alguien entra, encuentra una marca de su infancia y cambia la cara.

Para el visitante es una mercancía curiosa.

Para un migrante puede ser memoria embotellada.

Y ésa probablemente sea una de las dimensiones más interesantes del mercado.

Una parada cubana cambia completamente el recorrido

La identidad latinoamericana del lugar está muy relacionada también con la presencia de productos cubanos.

Cuba posee una cocina construida a partir de múltiples influencias: españolas, africanas, caribeñas y criollas, entre otras.

Arroz, frijoles negros, cerdo, yuca y plátano aparecen con frecuencia dentro de sus preparaciones.

Uno de los platos más conocidos es la ropa vieja, carne de res deshebrada cocinada con jitomate, pimientos y otros ingredientes según la receta familiar.

También está el arroz con frijoles, que puede adoptar preparaciones y nombres diferentes dependiendo del contexto.

Y, por supuesto, el sándwich cubano merece una pequeña aclaración histórica: aunque está profundamente relacionado con comunidades cubanas, su desarrollo como lo conocemos está vinculado también con ciudades de Florida como Tampa y Miami y con la experiencia migrante.

La gastronomía casi nunca respeta las fronteras tanto como quisiéramos.

El Mercado de Medellín es una buena prueba de ello.

¿Es un mercado únicamente para buscar productos extranjeros?

Para nada.

Ésa sería una visión bastante incompleta.

El mercado sigue funcionando como un mercado mexicano de barrio.

Hay frutas y verduras locales, carnes, especias, semillas, flores, abarrotes y alimentos preparados que forman parte de la vida cotidiana de la zona.

Esa mezcla es precisamente lo que lo vuelve distinto.

Un puesto puede vender chiles mexicanos y a unos metros aparecer un ingrediente caribeño.

Puedes comprar tortillas y después encontrar harina para arepas.

Una señora lleva su mandado habitual mientras un visitante intenta descifrar por primera vez qué cocinar con yuca.

Nadie parece necesitar explicar que aquello es “fusión”.

Simplemente ocurre.

En ciertos restaurantes la fusión gastronómica aparece anunciada en letras doradas.

En los mercados lleva décadas sucediendo entre cajas de fruta.

tacos en el mercado

Qué conviene probar si es tu primera visita

No intentaría convertir el recorrido en una misión para comer diez cosas diferentes.

El mercado se disfruta más mirando.

Hay que preguntar.

La comida latinoamericana tiene ingredientes que pueden parecer muy similares entre sí y esconder diferencias enormes.

Si encuentras una preparación que no reconoces, preguntar cómo se come suele dar mejores resultados que intentar adivinar.

Un pequeño recorrido podría comenzar con alguna bebida latinoamericana que nunca hayas probado. Después vale la pena buscar una arepa o un plato preparado si hay disponibilidad, acercarse a los productos cubanos o colombianos y terminar comprando algo para cocinar en casa.

No hace falta salir cargando seis bolsas.

Aunque ocurre.

Los mercados tienen esa capacidad misteriosa para convencernos de que necesitábamos una salsa que desconocíamos veinte minutos antes.

La comida venezolana ha ganado espacio en la CDMX

La presencia venezolana en México creció especialmente durante las últimas décadas debido a los grandes movimientos migratorios provocados por la crisis política, económica y social de Venezuela.

Eso también modificó el paisaje gastronómico de la capital.

Hoy existen restaurantes venezolanos en distintos puntos de la CDMX, mientras productos antes difíciles de encontrar se hicieron más accesibles.

Arepas, tequeños, cachapas y pabellón criollo dejaron de ser términos reservados a personas familiarizadas con Venezuela.

Los tequeños, por ejemplo, son bastones de queso envueltos en masa y fritos.

Pocas culturas requieren demasiada persuasión para aceptar queso envuelto en masa y sumergido en aceite.

México, definitivamente, no es una de ellas.

La cachapa toma otro camino: se prepara con maíz tierno y suele tener un perfil ligeramente dulce, acompañado frecuentemente con queso.

Para quien conoce las preparaciones mexicanas con elote, la cachapa provoca una sensación peculiar.

Todo parece reconocible.

Pero no exactamente.

El mercado también sirve para cocinar en casa

Aquí es donde el lugar adquiere utilidad más allá del paseo turístico.

Comprar un ingrediente y cocinarlo después permite entender mejor una cultura gastronómica que limitarse a probar un bocado.

La yuca, por ejemplo, requiere una preparación adecuada antes de consumirse y suele hervirse, freírse o utilizarse dentro de diferentes recetas.

El plátano macho puede cocinarse cuando está verde para obtener preparaciones saladas o utilizarse más maduro, cuando aumenta su dulzor.

La harina de maíz precocida permite preparar arepas de manera relativamente sencilla.

Los frijoles negros abren la puerta a recetas caribeñas.

Incluso una botella de salsa puede desencadenar una búsqueda de recetas que termina ocupando toda una tarde.

Quizá ésa sea la mejor compra posible en un mercado: algo que obliga a hacer preguntas después de regresar a casa.

¿Mercado turístico o mercado de barrio?

Las dos cosas, aunque el equilibrio varía.

El Mercado de Medellín ha ganado notoriedad en guías de viaje, medios gastronómicos y recorridos por la Roma.

Eso ha llevado visitantes.

Pero sigue atendiendo necesidades cotidianas.

Conviene recordar esta diferencia porque visitar un mercado no es lo mismo que entrar a una atracción turística.

Los pasillos son espacios de trabajo.

Hay personas haciendo el mandado, cargadores moviendo mercancía y comerciantes atendiendo a clientes habituales.

Fotografiar absolutamente cada fruta como si acabara de llegar de Marte puede resultar un poco agotador para quien está intentando trabajar.

Mirar primero, comprar, conversar y pedir permiso cuando corresponda suele producir una experiencia bastante mejor.

Y muchas veces también mejores historias.

Ir con hambre está bien; ir con curiosidad funciona mejor

El Mercado de Medellín no es enorme comparado con algunos gigantes de la Ciudad de México.

Su atractivo está en la concentración de productos.

No necesitas recorrer hectáreas para notar que algo es diferente.

Los empaques cambian.

Los acentos también.

Un comerciante explica cómo preparar una arepa mientras otro vende productos que llegaron de cientos o miles de kilómetros.

La experiencia resulta particularmente interesante para quienes disfrutan del turismo gastronómico sin necesidad de sentarse siempre frente a un menú.

Aquí la comida se ve antes de cocinarse.

Se pesa.

Se corta.

Se guarda en bolsas.

Está menos maquillada.

América Latina cabe sorprendentemente bien en un pasillo

Quizá la parte más atractiva del mercado no sea encontrar un ingrediente específico.

Es darse cuenta de la cantidad de historias que puede cargar una despensa.

La migración suele contarse mediante estadísticas, leyes, fronteras y discursos políticos.

Un mercado cuenta otra versión.

Una familia encuentra el café que tomaba en casa.

Alguien compra la harina con la que aprendió a preparar arepas.

Otro reconoce una botella que no veía desde su infancia.

Mientras tanto, un chilango descubre los tequeños y decide —con admirable rapidez— que siempre hicieron falta en su vida.

Ésa es la clase de intercambio cultural que sucede sin conferencias ni ceremonias.

La comida latina dentro de la CDMX no reemplaza la cocina mexicana ni vive separada de ella. Se acomoda, conversa, vende, compra y poco a poco se vuelve parte del paisaje urbano.

De esta visita vas a salir tan inspirado que vas a querer aprender cómo hacer espagueti rojo, y cocinarlo diario en tu casa.

Eso ha ocurrido muchas veces en la historia de la ciudad.

Y seguirá ocurriendo.

Tal vez por eso vale la pena entrar al Mercado de Medellín sin buscar únicamente “qué comer”.

Vale la pena mirar qué compra la gente.

Preguntar cómo se prepara ese ingrediente extraño.

Llevarse algo desconocido.

Porque uno puede entrar creyendo que va a recorrer un mercado de la Roma Sur y salir, una hora más tarde, con Colombia, Cuba, Venezuela, México y medio Caribe metidos en una bolsa de mandado.

No es poca cosa para una mañana cualquiera en la Ciudad de México.

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